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Archivo mensualjulio 2018

Relato erótico sobre una mujer mastectomizada

¿Existen recursos, como relatos eróticos, que muestren a mujeres mastectomizadas?

Mujeres mastectomizadas

Mujeres mastectomizadas

Llevo unos días preguntándome cómo de aceptadas se sentirán las mujeres mastectomizadas en nuestra sociedad. Y si se existen medios donde puedan sentirse reflejadas, como personajes públicos, series, películas, obras literarias… Porque el hecho de sentirnos identificados con alguien puede ayudarnos a aceptarnos a nosotros mismos. También me he preguntado si sexualmente tendrán modelos de referencia y espacios donde sentirse incluidas.

Algunos de vosotros me habéis acercado a materiales que me gustaría compartir en este momento:

 

Aunque las referencias sean escasa y, en muchos casos, sea difícil encontrar algo aceptable; la cosa se va complicando más si nos ceñimos a la sexualidad. Es por esto que he creído conveniente crear un relato erótico cuya protagonista sea una mujer mastectomizada. Acepto críticas, matices y propuestas de mejora con el fin de que difundamos una realidad lo más verídica posible.

 

 

EL REGALO DE PAOLA

El Regalo de Paola

El Regalo de Paola

Ahí estaba yo, otra vez frente al espejo, incapaz de aguantar más de diez segundos observando mi propia imagen. O lo que quedaba de ella.

– Lucía, ¡no puedes salir con esa blusa!. Me dije en voz alta.

Eran poco más de las nueve. En veinte minutos había quedado con mi mejor amiga, Paola, para celebrar mi cumpleaños; pero no encontraba nada que ponerme. Por lo menos había una temperatura de treinta grados y todas mis camisetas de verano eran ajustadas o con un escote pronunciado.

Antes de la operación no le daba demasiada importancia a mi imagen, pero ahora era diferente. Llevara lo que llevara me sentía incómoda. Paola me decía que cuando me ponía la prótesis nadie podría darse cuenta de que ya sólo tenía un pecho. El caso es que yo no podía verme bien ni sentirme segura. No sé si era por lo que la gente pudiera pensar o porque jamás volvería a ser como antes.

No tenía fuerzas para seguir luchando conmigo misma, así que llamé a mi amiga y le propuse vernos otro día. Al principio se molestó un poco e insistió en que saliera a despejarme un rato, pero finalmente lo dejó estar.

Me enfundé un camisón, preparé una taza de té helado de hierbabuena y jengibre y abrí “La chica miedosa que fingía ser valiente muy mal” por el último capítulo que me quedaba por leer. No me dio tiempo a terminar el primer párrafo cuando sonó el timbre. Era Paola. No se había dado por vencida.

– ¿De verdad pensabas que te librarías de mí el día de tu cumpleaños? Venga, trae dos copas y un sacacorchos. He comprado un vino ecológico en la tienda de abajo. Tenemos que brindar.

Manché mis labios con el brebaje tinto y le di las gracias.

-¿Gracias por qué? ¡Si aún no has abierto mi regalo!. Y sacó un paquete exquisitamente envuelto.

Lo abrí lentamente para conservar intacto el papel, una costumbre que mantenía desde niña. Por el paquete se entreveía una tela roja, con rosas bordadas en negro y transparencias.

– Puedes descambiarlo si no te va bien o no te gusta el color. Dijo.

– ¡No, no podía ser!, ¡Paola no podía regalarme un sujetador (con culote y liguero a juego), ella no… ¿Qué broma de mal gusto era esa?…

Me dije por dentro.

Le dije que estaba cansada y necesitaba dormir, le di las gracias y nos despedimos.

Sonó el despertador sobre las diez de la mañana siguiente. Me levanté, entré en el salón y puse “I put a Spell On You” de Nina Simone. Las copas de vino permanecían en la mesa, justo al lado de aquel intento de regalo que jamás podría ponerme. Busqué el ticket y salí para descambiarlo, seguramente por un pijama.

El escaparate de la tienda llamó mi atención. En él había un cartel en forma de bocadillo que decía: “Lencería para todo tipo de mujeres, tallas y cuerpos. Lencería mastectomía”. Desde que me diagnosticaron no había pisado por una tienda de ropa interior. Preferí optar por recortar todos mis sujetadores antiguos para coser un bolsillo en la copa derecha, donde poder introducir la prótesis.

Por un instante quise darme la vuelta, pero mientras observaba el escaparate, una mujer se asomó y me invitó a entrar. Sonaba el último disco de Leonard Cohen y olía a incienso de almizcle.

– Vengo a descambiar un regalo. Le dije, y saqué el conjunto rojo bordado.

La dependienta me miró y sonrió. En su camisa había un cartelito que ponía “Sofía”. Llevaba una coleta alta y larga. Tenía la tez pálida, que conjugaba perfectamente con el tono de sus ojos almendrados.

– No puedo creerme que no lo quieras. Tiene que quedarte genial. Pruébatelo y te echo una mano con la talla.

Cuando quise contestar ya estaba abriendo las cortinas del probador. Su voz era tan dulce que no pude decir nada. Y, una vez más, allí estaba yo frente al espejo, en ropa interior, casi sin poder mirarme.

– ¿Estás lista?. Me preguntó Sofía, segundos más tarde.

– Sí, bueno… no estoy segura de… Y, sin esperar más respuesta, entró al probador.

Era tan estrecho que nuestros cuerpos impactaron sin previo aviso. Noté que el aroma a almizcle se confundía con el olor de su propia piel.

– Woow, ¡estás increíble, realmente sexy!. Comentó.

Después hubo un silencio y simplemente me observó. Sentí que era sincera a través de sus ojos. Entonces me giré para poder verme desde otro ángulo, pero el espacio era tan pequeño que nuestras cabezas chocaron. La dependienta se echó a reír y acabó contagiándome con sus carcajadas. En ese instante me pareció que tenía una sonrisa preciosa. Sus labios no eran nada del otro mundo, finos y rodeados de pecas alineadas con cierta gracia. Pero en conjunto su boca era perfecta.

Sofía rozó mi espalda con sus manos y, de repente, sentí calor en las mejillas mientras mi pulso se aceleraba.

– Tienes que colocar el cierre en la primera posición para que se ajuste a tu cuerpo. Y desabrochó cuidadosamente el sostén para cambiar el cierre.

Quise que me lo volviera a ajustar para poder sentir el roce de sus dedos sobre mi piel una vez más. Mi deseo estaba empezando a despertar tras hibernar desde la operación. Y aquel simple roce me pareció el éxtasis.

– Gírate, verás qué bien te sienta. Dijo mientras sonreía.

Entonces nuestras cabezas volvieron a chochar y nuestros labios se rozaron. El corazón seguía bombeando como pidiendo salir. No estoy segura si fue por la vergüenza que me producía esa situación o porque aquella escena me resultaba realmente erótica. Por un momento olvidé que sólo tenía un pecho y volví a sentirme atractiva. Sin pensarlo, le besé. Sofía se separó, me miró a los ojos y volvió a juntarse con mis labios para después bajar hasta el cuello…

– ¡Cómo podía estar tan húmeda por un beso! Pensé.

Deseé sentir su piel junto a la mía, sin milímetros de vacío de por medio. Y, mientras dibujaba su cuerpo desnudo con mi mente, sentí de nuevo sus manos, quitándome el conjunto con rosas bordadas muy despacio. Su pequeña boca comenzó a viajar por los rincones que el sujetador escondía hasta aterrizar en el esternón.

– Eres preciosa. Dijo mientras su mirada apuntaba a mi ombligo y sus manos bajaban por mi cintura.

Yo también quería palpar su piel desnuda, así que le dije que se sentara en el taburete de madera del probador y le quité el vestido azul turquesa. No llevaba sostén, así que lo primero que probé fueron sus pezones con bonitas areolas asimétricas. Después bajé hasta su vientre y lo froté con mi cara, como una gata en celo; para terminar deshaciéndome de sus bragas, también rojas, con flores bordadas.

Su respiración se confundía con la música de fondo y parecía una nota más de la melodía. Hice que se levantara para darle la vuelta y estrujar sus nalgas. Y mientras lo hacía comencé a masturbar su vulva. Podía observar cómo se retorcía de placer desde el espejo. Me bastaba con ver y oír cómo se manifestaba el placer que yo le estaba proporcionando.

Entonces ella cogió mi mano e introdujo en su jugosa boca mis dedos índice y corazón. Después volvió a colocarla sobre su clítoris, al mismo tiempo que mordía su labio inferior. El goce emanaba de entre sus piernas, pero se extendía por todo su cuerpo hasta mi mano, que intentaba abarcar toda su vulva con movimientos circulares.  Hundí mi cabeza para morder suavemente el interior de su muslo izquierdo, sin dejar de masturbarle; hasta que noté que su placer estaba en el momento más álgido. Fue en ése instante cuando emitió un gemido leve, como quien no puede hacer ruido en un lugar de silencio obligado.

Después ella tomó el mando e hizo que esta vez me sentara yo. Se agachó, colocó mis piernas sobre sus hombros y fundió su lengua en mi vagina hasta que me corrí. Aquello fue como un sueño. Un paréntesis entre la realidad y lo fantástico.

Llamé a mi amiga Paola, le propuse salir a tomar algo prometiéndole que hoy estrenaría, por segunda vez en aquel día, el conjunto que me había regalado. Desde entonces pude volver a mirarme en un espejo y, cada vez que lo hacía, repasaba lo que sucedió frente a uno, en un pequeño probador con una mujer de labios finos y olor a almizcle.

 

 

 

 

CUANDO LOS GEMIDOS DE TU PAREJA LO JODEN TODO

CARIÑO, NO ME GUSTAN TUS GEMIDOS

 

Los gemidos suelen ser una expresión de placer sexual que, normalmente refuerzan el nivel de excitación de la pareja durante un encuentro erótico. Pero, ¿qué sucede si los sonidos que se emiten hacen que nuestro deseo acabe por los suelos y queramos huir?

 

Cuando los gemidos de tu pareja lo joden todo

 

El cine, la televisión y la industria del porno nos tienen muy acostumbrados a estos alaridos orgásmicos (sobre todo femeninos). Tanto, que en la vida real los reclamamos como un ingrediente más para nuestro cocktail sexual. Bajo este escenario parece imposible que un gemido pueda resultarle desagradable a alguien; pero existen tantos gustos y preferencias eróticas como personas. Y hoy vamos a dedicarles un espacio a aquellas que odian los ruidos que exhalan sus parejas en el sexo.

 

EL ORIGEN DE LOS GEMIDOS

Los gemidos son una respuesta a los estímulos placenteros que se reciben durante las relaciones sexuales. Para muchas personas, es una señal de que su pareja está disfrutado y eso, por norma general, les produce un placer recíproco.

Algunos investigadores, como el neurocientífico Barry Komisaruk afirman que los gemidos son una respuesta fisiológica natural causada por el éxtasis del placer sexual. Y no sólo son característicos de las personas, sino también de animales como los primates.

Si lo que Komisaruk dice es cierto, los gemidos serían inevitables; aunque sabemos que muchos de los comportamientos eróticos también tienen un componente cultural importante. No podemos obviar que muchas personas (sobre todo mujeres) fingen sus gemidos porque han aprendido (normalmente a través del cine y la televisión) que esos sonidos son propios del placer experimentado durante las relaciones eróticas. En este sentido es importante desmitificar algunas ideas al respecto, como: que a todos los hombres les gusta oír gemir a su pareja; que todas las mujeres gimen; o que los hombres no gimen.

 

QUÉ HACER SI NO ME PONE NADA COMO GIME MI PAREJA

 El oído es uno de los cinco sentidos que indudablemente importan durante las relaciones sexuales. El hecho de ambientar el espacio donde va a tener lugar un encuentro, lo hace más propicio para el placer. Por ejemplo, podemos ambientarlo con música, sonidos agradables como la lluvia o conversando en un tono sensual.

A través del oído podemos mejorar nuestra concentración o empeorarla. El hecho de poner la mente en clave erótica es muy importante para lograr vivir cada una de las sensaciones placenteras durante un encuentro erótico. Los sonidos desagradables como el móvil, el reloj del horno que te avisa si la comida está lista o los niños llorando, no hacen más que distraer tu mente y alejarla del “aquí y el ahora” de la relación sexual. Esta distracción también puede proceder de los gemidos, ruidos o comentarios que realice tu pareja.

 

SUGERENCIAS PARA LIDIAR CON LOS GEMIDOS NO DESEADOS

Si estás planteando utilizar tapones, lee antes algunas recomendaciones que te planteo:

  • Habla con tu pareja: la comunicación es fundamental para la salud de una relación. Y no sólo en lo referente a la convivencia o el terreno sentimental; sino también en lo alusivo a la erótica.
  • Llega a un acuerdo: En ningún caso se trata de que tu pareja se reprima; sino de que sea consciente de lo que te gusta y lo que no. Seguro que hay tonos, expresiones o palabras que podéis cambiar.
  • Pon la mente en clave erótica: Cualquier distracción desagradable puede producir que tu deseo sexual descienda. Para que se produzca y mantenga la excitación es importante tener la mente entretenida en contenido sexual. De lo contrario, la respuesta sexual que el Sistema Nervioso Central envía desde el cerebro se detendrá y, probablemente la excitación acabe esfumándose. Si esto sucede puedes recurrir a algunas técnicas para poner tu mente en clave erótica, como: relajarte y visualizar cómo responde tu cuerpo a tiempo real durante la relación sexual; utilizar fantasías eróticas; cambiar de postura o de práctica erótica…
  • Responsabilízate de tu placer: Recuerda que cada uno es responsable de su propio placer. No podemos dejar el peso del encuentro en la otra persona esperando que sus comportamientos y acciones sean los responsables de nuestro goce. Es importante empoderarnos sexualmente conociendo qué nos gusta, cómo, dónde y, no sólo eso, sino también saber comunicarlo.
  • Valora lo positivo: Si los gemidos, ruidos o palabras que emite tu pareja durante el sexo te resultan desagradables, una buena opción sería centrarte en lo que sí te gusta de tu pareja durante la relación erótica; como por ejemplo sus gestos, su cuerpo, los movimientos que realiza, su olor, su mirada…
  • Acéptalo: Si tu pareja gime, probablemente sea porque lo que hacéis le resulte muy placentero. Puedes tener esto en cuenta cuando le escuches y, si te dejas llevar, quizás te acabe resultando excitante.

 

 

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