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SANTA ÁGUEDA Y LA CENSURA DE LOS PECHOS

DE LA HIPERSEXUALIZACIÓN A LA CONDENA DE LOS PECHOS FEMENINOS

Santa Águeda y la Censura de los pechos_Sexo Positivo

Santa Águeda y la Censura de los pechos_Sexo Positivo

Llevo un tiempo planteándome diferentes cuestiones relacionadas con los pechos femeninos (cis). Cuando algo te acompaña en los pensamientos insistentemente produce que, de manera sorprendente, atraigas acciones relacionadas con ello. Y esto es justo lo que me está sucediendo.

 

CUESTIONES DE PECHOS FEMENINOS

No hace mucho me topé con un video que mostraba un despliegue  policial en la playa de Necochea (Argentina) porque tres mujeres fueron denunciadas por hacer toples. La denuncia sostenía que se trataba de un acto de exhibicionismo que ofendía la decencia pública y que, en caso de repetirse, la ley les obligaría a detenerlas.

Entre otras cuestiones de pechos, el mes pasado una actriz me comentaba que en los últimos castings que había realizado le recomendaban operarse el pecho. Según su criterio, las mujeres de pechos grandes tenían más éxito, independientemente de sus dotes como actriz.

Inmersa en mis pensamientos “PPA” (pecho-pezón-areola) comienzan a intrigarme las mujeres mastectomizadas e indago sobre si existen recursos donde puedan sentirse identificadas y reflejadas, como videos, películas, novelas, escenas eróticas… La verdad es que las referencias son realmente escasas. Así que me ví obligada a rescatar algunas, así como a escribir un relato erótico al respecto.Podéis leerlo aquí.

Pocos días después, un periódico español relataba la historia de una mujer a la que le pidieron que se cubriese el pecho en el momento que amamantaba a su hijo en un restaurante. La respuesta de ésta fue cubrirse la cabeza mientras un familiar capturaba el momento con su móvil. Como no podía ser de otra manera, la publicación se viralizó en pocas horas.

Y, de pronto, casi sin quererlo, un buen día me topo con la talla de una mujer que sostiene sus pechos amputados sobre una bandeja. La imagen me dejó perpleja. Se trataba de Santa Águeda, expuesta de manera privada en la sacristía de la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, en Rueda (Valladolid).

Fotografía por Pablo García Sanz - Santa Águeda y la Censura de los pechos.

Fotografía por Pablo García Sanz – Santa Águeda y la Censura de los pechos.

Y pensaréis, ¿qué tiene que ver Santa Águeda con los pechos femeninos y su actual persecución?… Pues mucho. A pesar de que hayamos evolucionado en cuanto a derechos humanos, lo cierto es que lo hemos hecho muy poco en lo que se refiere a la sexualidad femenina.

 

LOS PECHOS Y SANTA ÁGUEDA

Santa Águeda es una virgen que entregó su virginidad a Jesucristo y fue condenada por ello a través de diferentes castigos como la amputación de los pechos.

En el siglo III, durante la persecución al cristianismo, el procónsul siciliano Quintianus se enamoró de una joven llamada Águeda. Para cuando quiso declararse, había entregado su virginidad a Jesucristo. Quintianus no comprendía que el “no es no” y continuó insistiendo hasta que decidió vengarse por no ser correspondido. La manera en que comenzó a hacerlo fue intentando quitarle aquello que guardaba para otro: su virginidad. De esta manera le envío a trabajar a un prostíbulo. Cuenta la leyenda que milagrosamente Águeda pudo mantener su virginidad, por lo que, tras un tiempo sin alcanzar su venganza, el procónsul le condena a la amputación de sus pechos hasta que la joven muere desangrada.

Actualmente, el 5 de febrero se ha convertido en el Día de Santa Águeda; fecha en la que principalmente tienen protagonismo las mujeres (o eso cuentan). En nuestro país se realizan diversas celebraciones. Así por ejemplo, en diferentes localidades de Castilla y León, se les cede el bastón de mando del ayuntamiento a las mujeres. Además, existen numerosas referencias a la Santa cuando se recurre a peticiones de salud, como cáncer de pecho o partos complicados. En este sentido, se dice que es la patrona de las enfermeras.

 

LOS PECHOS FEMENINOS A DEBATE

Santa Águeda y la Censura de los pechos_SexoPositivo

Santa Águeda y la Censura de los pechos_SexoPositivo

Tal y como le sucedió a la Santa, los pechos femeninos (cis) siguen siendo motivo de castigo, censura y sexismo. Esta parte del cuerpo que nos alimenta y da vida ha sido utilizada como instrumento del patriarcado desde la hipersexualización hasta la condena.

Por una parte se nos bombardea con imágenes de escotes y pechos, a partir de una talla 90, con la excusa de vendernos un ideal de belleza, una camiseta o las 5 claves para seducir a un hombre. Mientras que, por otra parte, se desaprueba todo lo que tenga que ver con los pechos de las mujeres (cis); ya sea la lactancia materna, hacer toples en la playa o la censura de los pezones en redes sociales como Instagram o Facebook.

Si existe alguien que se ofende al ver la teta de una mujer es porque aprendió que es una zona indecorosa, sexualizada, pecaminosa e, incluso, que es algo que pertenece al ámbito privado. Pero, ¿en qué momento se decidió que una teta femenina ofende y una masculina no?… La cuestión es que determinar que una misma parte del cuerpo es censurable en función del sexo resulta totalmente opresor. ¿Os imagináis que los hombres tuvieran que llevar cubierto su cuello por resultar ser una zona indecorosa?… Y, hablando de ésta zona que para muchas personas resulta erógena, no puedo olvidar el argumento que afirma que los pechos femeninos han de cubrirse por esta misma razón. Lo cual cae por su propio “pecho” – digo peso – porque como ya hemos comprobado, existen otras zonas erógenas no censurables y, además, para muchos hombres, los pechos también resultan ser una de sus zonas más erógenas.

 

Santa Águeda y la Censura de los pechos.

Parece ser que no sólo se trata de poner en debate una parte del cuerpo, sino que más bien se trata de  poner en debate a uno de los sexos: las mujeres. Tengo la sensación de que, al igual que el resto del cuerpo femenino, la sexualidad y los espacios de poder; los pechos de las mujeres no siempre nos pertenecer a nosotras; sino que muchas veces son instrumentos de mando (generalmente masculino).

 

Y tú, ¿eres completamente dueña de tus pechos?, ¿los aceptas?, ¿los mimas?, ¿los respetas?… Y vosotros, ¿respetáis los pechos femeninos?…

 

 

Lara Herrero Barba

Relato erótico sobre una mujer mastectomizada

¿Existen recursos, como relatos eróticos, que muestren a mujeres mastectomizadas?

Mujeres mastectomizadas

Mujeres mastectomizadas

Llevo unos días preguntándome cómo de aceptadas se sentirán las mujeres mastectomizadas en nuestra sociedad. Y si se existen medios donde puedan sentirse reflejadas, como personajes públicos, series, películas, obras literarias… Porque el hecho de sentirnos identificados con alguien puede ayudarnos a aceptarnos a nosotros mismos. También me he preguntado si sexualmente tendrán modelos de referencia y espacios donde sentirse incluidas.

Algunos de vosotros me habéis acercado a materiales que me gustaría compartir en este momento:

 

Aunque las referencias sean escasa y, en muchos casos, sea difícil encontrar algo aceptable; la cosa se va complicando más si nos ceñimos a la sexualidad. Es por esto que he creído conveniente crear un relato erótico cuya protagonista sea una mujer mastectomizada. Acepto críticas, matices y propuestas de mejora con el fin de que difundamos una realidad lo más verídica posible.

 

 

EL REGALO DE PAOLA

El Regalo de Paola

El Regalo de Paola

Ahí estaba yo, otra vez frente al espejo, incapaz de aguantar más de diez segundos observando mi propia imagen. O lo que quedaba de ella.

– Lucía, ¡no puedes salir con esa blusa!. Me dije en voz alta.

Eran poco más de las nueve. En veinte minutos había quedado con mi mejor amiga, Paola, para celebrar mi cumpleaños; pero no encontraba nada que ponerme. Por lo menos había una temperatura de treinta grados y todas mis camisetas de verano eran ajustadas o con un escote pronunciado.

Antes de la operación no le daba demasiada importancia a mi imagen, pero ahora era diferente. Llevara lo que llevara me sentía incómoda. Paola me decía que cuando me ponía la prótesis nadie podría darse cuenta de que ya sólo tenía un pecho. El caso es que yo no podía verme bien ni sentirme segura. No sé si era por lo que la gente pudiera pensar o porque jamás volvería a ser como antes.

No tenía fuerzas para seguir luchando conmigo misma, así que llamé a mi amiga y le propuse vernos otro día. Al principio se molestó un poco e insistió en que saliera a despejarme un rato, pero finalmente lo dejó estar.

Me enfundé un camisón, preparé una taza de té helado de hierbabuena y jengibre y abrí “La chica miedosa que fingía ser valiente muy mal” por el último capítulo que me quedaba por leer. No me dio tiempo a terminar el primer párrafo cuando sonó el timbre. Era Paola. No se había dado por vencida.

– ¿De verdad pensabas que te librarías de mí el día de tu cumpleaños? Venga, trae dos copas y un sacacorchos. He comprado un vino ecológico en la tienda de abajo. Tenemos que brindar.

Manché mis labios con el brebaje tinto y le di las gracias.

-¿Gracias por qué? ¡Si aún no has abierto mi regalo!. Y sacó un paquete exquisitamente envuelto.

Lo abrí lentamente para conservar intacto el papel, una costumbre que mantenía desde niña. Por el paquete se entreveía una tela roja, con rosas bordadas en negro y transparencias.

– Puedes descambiarlo si no te va bien o no te gusta el color. Dijo.

– ¡No, no podía ser!, ¡Paola no podía regalarme un sujetador (con culote y liguero a juego), ella no… ¿Qué broma de mal gusto era esa?…

Me dije por dentro.

Le dije que estaba cansada y necesitaba dormir, le di las gracias y nos despedimos.

Sonó el despertador sobre las diez de la mañana siguiente. Me levanté, entré en el salón y puse “I put a Spell On You” de Nina Simone. Las copas de vino permanecían en la mesa, justo al lado de aquel intento de regalo que jamás podría ponerme. Busqué el ticket y salí para descambiarlo, seguramente por un pijama.

El escaparate de la tienda llamó mi atención. En él había un cartel en forma de bocadillo que decía: “Lencería para todo tipo de mujeres, tallas y cuerpos. Lencería mastectomía”. Desde que me diagnosticaron no había pisado por una tienda de ropa interior. Preferí optar por recortar todos mis sujetadores antiguos para coser un bolsillo en la copa derecha, donde poder introducir la prótesis.

Por un instante quise darme la vuelta, pero mientras observaba el escaparate, una mujer se asomó y me invitó a entrar. Sonaba el último disco de Leonard Cohen y olía a incienso de almizcle.

– Vengo a descambiar un regalo. Le dije, y saqué el conjunto rojo bordado.

La dependienta me miró y sonrió. En su camisa había un cartelito que ponía “Sofía”. Llevaba una coleta alta y larga. Tenía la tez pálida, que conjugaba perfectamente con el tono de sus ojos almendrados.

– No puedo creerme que no lo quieras. Tiene que quedarte genial. Pruébatelo y te echo una mano con la talla.

Cuando quise contestar ya estaba abriendo las cortinas del probador. Su voz era tan dulce que no pude decir nada. Y, una vez más, allí estaba yo frente al espejo, en ropa interior, casi sin poder mirarme.

– ¿Estás lista?. Me preguntó Sofía, segundos más tarde.

– Sí, bueno… no estoy segura de… Y, sin esperar más respuesta, entró al probador.

Era tan estrecho que nuestros cuerpos impactaron sin previo aviso. Noté que el aroma a almizcle se confundía con el olor de su propia piel.

– Woow, ¡estás increíble, realmente sexy!. Comentó.

Después hubo un silencio y simplemente me observó. Sentí que era sincera a través de sus ojos. Entonces me giré para poder verme desde otro ángulo, pero el espacio era tan pequeño que nuestras cabezas chocaron. La dependienta se echó a reír y acabó contagiándome con sus carcajadas. En ese instante me pareció que tenía una sonrisa preciosa. Sus labios no eran nada del otro mundo, finos y rodeados de pecas alineadas con cierta gracia. Pero en conjunto su boca era perfecta.

Sofía rozó mi espalda con sus manos y, de repente, sentí calor en las mejillas mientras mi pulso se aceleraba.

– Tienes que colocar el cierre en la primera posición para que se ajuste a tu cuerpo. Y desabrochó cuidadosamente el sostén para cambiar el cierre.

Quise que me lo volviera a ajustar para poder sentir el roce de sus dedos sobre mi piel una vez más. Mi deseo estaba empezando a despertar tras hibernar desde la operación. Y aquel simple roce me pareció el éxtasis.

– Gírate, verás qué bien te sienta. Dijo mientras sonreía.

Entonces nuestras cabezas volvieron a chochar y nuestros labios se rozaron. El corazón seguía bombeando como pidiendo salir. No estoy segura si fue por la vergüenza que me producía esa situación o porque aquella escena me resultaba realmente erótica. Por un momento olvidé que sólo tenía un pecho y volví a sentirme atractiva. Sin pensarlo, le besé. Sofía se separó, me miró a los ojos y volvió a juntarse con mis labios para después bajar hasta el cuello…

– ¡Cómo podía estar tan húmeda por un beso! Pensé.

Deseé sentir su piel junto a la mía, sin milímetros de vacío de por medio. Y, mientras dibujaba su cuerpo desnudo con mi mente, sentí de nuevo sus manos, quitándome el conjunto con rosas bordadas muy despacio. Su pequeña boca comenzó a viajar por los rincones que el sujetador escondía hasta aterrizar en el esternón.

– Eres preciosa. Dijo mientras su mirada apuntaba a mi ombligo y sus manos bajaban por mi cintura.

Yo también quería palpar su piel desnuda, así que le dije que se sentara en el taburete de madera del probador y le quité el vestido azul turquesa. No llevaba sostén, así que lo primero que probé fueron sus pezones con bonitas areolas asimétricas. Después bajé hasta su vientre y lo froté con mi cara, como una gata en celo; para terminar deshaciéndome de sus bragas, también rojas, con flores bordadas.

Su respiración se confundía con la música de fondo y parecía una nota más de la melodía. Hice que se levantara para darle la vuelta y estrujar sus nalgas. Y mientras lo hacía comencé a masturbar su vulva. Podía observar cómo se retorcía de placer desde el espejo. Me bastaba con ver y oír cómo se manifestaba el placer que yo le estaba proporcionando.

Entonces ella cogió mi mano e introdujo en su jugosa boca mis dedos índice y corazón. Después volvió a colocarla sobre su clítoris, al mismo tiempo que mordía su labio inferior. El goce emanaba de entre sus piernas, pero se extendía por todo su cuerpo hasta mi mano, que intentaba abarcar toda su vulva con movimientos circulares.  Hundí mi cabeza para morder suavemente el interior de su muslo izquierdo, sin dejar de masturbarle; hasta que noté que su placer estaba en el momento más álgido. Fue en ése instante cuando emitió un gemido leve, como quien no puede hacer ruido en un lugar de silencio obligado.

Después ella tomó el mando e hizo que esta vez me sentara yo. Se agachó, colocó mis piernas sobre sus hombros y fundió su lengua en mi vagina hasta que me corrí. Aquello fue como un sueño. Un paréntesis entre la realidad y lo fantástico.

Llamé a mi amiga Paola, le propuse salir a tomar algo prometiéndole que hoy estrenaría, por segunda vez en aquel día, el conjunto que me había regalado. Desde entonces pude volver a mirarme en un espejo y, cada vez que lo hacía, repasaba lo que sucedió frente a uno, en un pequeño probador con una mujer de labios finos y olor a almizcle.

 

 

 

 

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