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Monthly Archivejulio 2020

Relato erótico: “Domingo color azul”

Era domingo. Un domingo cualquiera, de una semana cualquiera en pleno agosto, con la ciudad vacía y la mente aplatanada por los casi 40 grados que hacía lejos del ventilador. Llamé a mi amiga Belén para tomar algo cuando cayera el sol, en la terraza del barrio, donde siempre. Ella llego quince minutos tarde (a pesar de maldecir la impuntualidad). Después de la primera cerveza y de vomitarle mis dramas de periodista en paro, me comentó que Seung, su compañero de piso Coreano, estaba buscando a una persona para ayudarle con su nuevo proyecto artístico.

  • Y, ¿de qué se trata?

Le pregunté. Ella sabía que Seung me atraía mucho. Su mirada en una conversación cuando otra persona hablaba era especialmente hipnótica, como una llamada a lo primitivo y lo incógnito.

  • Una galerista ha visto su última obra y quiere exponerla, pero dice que le falta una pieza. Ya sabes que es un proyecto de escultura sobre algo así como la fragilidad del cuerpo o como él llama: “la tiranía de la piel”. Bueno, pues dice que para concluir la obra necesita replicar una vulva; pero si te interesa mejor que te explique él.

Belén me dio su teléfono y dos horas más tarde ya sabía el día y la hora en la que nos encontraríamos en su taller. Todo estaba dispuesto para el próximo domingo a las siete de la tarde. 

  • Por fin dejaría de ser un domingo cualquiera.

Me prometí mentalmente.

Me puse “Reminder” de Moderat y me metí a la ducha. Aunque sabía que no tenía ninguna posibilidad y que todo se iba a quedar en trabajo, cerré los ojos mientras enjabonaba sin prisa mi cuerpo, fantaseando con sus manos, curtidas por la creatividad esculpida. Seung me pidió que llevase ropa viaja, por si se ensuciaba, así que me puse mi camiseta corta de la suerte manchada de tinta (que ya solo usaba para dormir cuando tenía invitados), unos vaqueros desgastados, bambas blancas y salí pitando hacia lo que aquella tarde pudiera depararme.

Eran las siete en punto cuando llamé a su puerta, pero nadie me abrió. Golpee con el puño y vi que estaba abierta, así que entré. Vi a Seung a lo lejos, de rodillas, sobre telas blancas en el suelo.

  • Ey, hola, no te he escuchado entrar. Estoy colocando esto para que estés cómoda. ¿Quieres tomar algo mientras termino de prepararlo?

Pregunto.

  • No, estoy bien así, prefiero echarte una mano.

Aunque no, no estaba bien. Los nervios se habían apoderado de mí. Y más al verle con una especie de mandil de plástico que dejaba su torso al desnudo, cubierto por un tatuaje de una obra de Niki de Saint.

Terminamos de acondicionar el espacio de trabajo mientras hablábamos sobre banalidades de la cotidianidad del día a día. Después pasó a explicarme cómo iba a replicar mi vulva en una escultura. Se le notaba nervioso y eso me tranquilizó (por el equilibrio de la balanza, pensé). Hablaba acelerado y se le escapaba una risilla cómplice de cuando en cuando.

Me deshice de los vaqueros y el culote recién estrenado y me tumbé boca arriba, con las piernas abiertas, descansando las rodillas en dos cojines negros envueltos en papel film; mostrando toda mi vulva. Desde que entré por la puerta (cuarenta minutos antes) no habíamos parado de hablar, pero desde ése instante se hizo el silencio. Un silencio cómodo y apetecible. Seung se acercó y con las yemas de sus dedos fue aplicando por mis muslos un aceite con olor a jazmín para proteger la piel. Su tacto era suave y delicado. Fue extendiendo el líquido cuidadosamente por mi pubis y, de ahí, paso a mi vulva. Al primer roce con los labios externos suspiré e, involuntariamente la piel se me erizó. Colocó el producto por el clítoris y el ano generosamente. Para cuando llegó a la vagina estaba tan húmeda que no diferenciaba los fluidos. Después acercó su cabeza y comenzó a soplarme muy despacito, de lado a lado y de arriba hacia abajo. Agarré las sábanas con firmeza. Acabábamos de empezar y estaba muy excitada, no sabía si iba a poder aguantar el tipo. Su aliento y su boca tan cerca de mí hacían que pidiese a gritos silenciosos un poco más. Dejó de soplarme y recogió con las manos el material del bol que había preparado previamente para hacer el molde de mi coño. Fue vertiéndolo sobre mí, de sus manos en jarra directamente a mi piel.

Levanté mi cabeza levemente para no perder detalle. Estaba concentrado, colocando cuidadosamente la pasta. Me puso muchísimo pensar que su mente sólo estaba ocupada por mi vulva en ese momento.

Una vez cubiertos mis genitales con la masa volvió a soplarme, esta vez más cerca. Su nariz y sus mejillas chocaban con mis muslos y mi barriga. En ese momento, rompí el silencio que vestía la habitación y le pedí permiso para quitarme la única prenda que me quedaba puesta. El sudor empezaba a caer entre mis pechos. Me miró y tras asentir con la cabeza se levantó para ayudarme. Yo que no podía moverme para no estropear el resultado de la pieza. Cogió mis manos, las levantó y fue quitándome la camiseta con suavidad. Estaba justo encima de mí, de pie, observando todo mi cuerpo cuando me di cuenta de que su pene estaba erecto tras el pantalón deportivo corto que llevaba puesto. Se percató de ello y sin querer mordió su labio inferior; pero volvió al trabajo y continuó soplando la masa para que tomase la temperatura adecuada hasta despegarla de mi piel.

De rodillas, agarró mis pies mientras balanceaba su cabeza hacia mí. No podía tocar mi vulva, pero cerré los ojos para imaginar que lo hacía y cada vez me excitaba más y más. Cuando dejó de hacerlo comenzó a despegar el producto ya solidificado muy despacio. Lo observó momentáneamente, sonrío y lo colocó sobre la mesa. Volvió a arrodillarse para limpiar cuidadosamente con las manos los residuos restantes que quedaban alrededor de mi coño. Sabía que no era necesario y que lo hacía porque estaba tan cachondo como yo, así que tome su mano e introduje su dedo índice en mi boca para después colocarlo sobre mi vulva. Él se quitó el mandil y los pantalones (que en realidad era un bañador sin más prenda debajo) y empezó a limpiar de mi cuerpo los restos con su lengua. Sus labios eran carnosos y pellizcaba entre ellos mi clítoris para después deslizarse, cada vez más rápido, con un lametón mientras sus manos arañaban mis nalgas. Notaba la humedad de la lubricación caer del placer pero rápidamente él lo recogía con su boca e introducía su dedo corazón en mi vagina, haciendo pequeños círculos muy lentamente.

Iba a explotar pero quería más, quería probar el sabor de su piel, verle retorcerse de gusto y sentir su respiración cerca. Me levanté y ordené que él también lo hiciera hasta colocarse al borde de la mesa que teníamos detrás, llena de botes de pintura acrílica. Cogí el bote de color azul eléctrico y le dije que me pintase en las zonas donde le gustaría que le lamiese. Primero derramó una pizca de pintura por mi barbilla, así que besé su cuello hasta llegar a su boca para saborear nuestras lenguas. Después dejó una huella azul en mi esternón y yo corrí hacia su torso, apartando su cabeza e introduciendo cada uno de sus pezones en mi boca. Por último, dibujó un zigzag desde mi ombligo hasta el pubis. Miré su pene, que apuntaba justo hacia mí, rebosante. Y envolví el glande con mis labios, previamente humedecidos. Lo lamí de un extremo a otro y lo introduje sujetando sus testículos en alto. Cuanto más le oía gemir, más rápido lo hacía.

Él me levantó y me sentó encima de la mesa; pero le desplacé un poco y, desde allí le masturbé con mis pies mientras yo acariciaba mi vulva, cada vez más húmeda. Estaba a punto del éxtasis cuando él también empezó a moverse rítmicamente hasta correrse. Sentí el calor de su líquido por mis pies, entremezclado con la pintura, ahora de un tono azul celestial. Se acercó a mí y arrodillado, mordió mis nalgas para empujarlas hacia su boca y así juntarla nuevamente con mi vulva. No podía aguantar más, no quería. Sentía su lengua en mí y sus manos apretándome contra él. Coloqué una pierna sobre su hombro derecho y moví la pelvis para rozarme con su lengua, en continuo movimiento hasta que hizo que tuviera un orgasmo largo e intenso que ojalá nunca hubiese acabado.

Nos regalamos una mueca de felicidad y después le pregunté por el resultado de la réplica. Él se acercó para mostrármelo. Estaba llena de motitas de pintura azul, como pidiendo seguir nuestro mismo juego…

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