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Relato erótico: “Domingo color azul”

Era domingo. Un domingo cualquiera, de una semana cualquiera en pleno agosto, con la ciudad vacía y la mente aplatanada por los casi 40 grados que hacía lejos del ventilador. Llamé a mi amiga Belén para tomar algo cuando cayera el sol, en la terraza del barrio, donde siempre. Ella llego quince minutos tarde (a pesar de maldecir la impuntualidad). Después de la primera cerveza y de vomitarle mis dramas de periodista en paro, me comentó que Seung, su compañero de piso Coreano, estaba buscando a una persona para ayudarle con su nuevo proyecto artístico.

  • Y, ¿de qué se trata?

Le pregunté. Ella sabía que Seung me atraía mucho. Su mirada en una conversación cuando otra persona hablaba era especialmente hipnótica, como una llamada a lo primitivo y lo incógnito.

  • Una galerista ha visto su última obra y quiere exponerla, pero dice que le falta una pieza. Ya sabes que es un proyecto de escultura sobre algo así como la fragilidad del cuerpo o como él llama: “la tiranía de la piel”. Bueno, pues dice que para concluir la obra necesita replicar una vulva; pero si te interesa mejor que te explique él.

Belén me dio su teléfono y dos horas más tarde ya sabía el día y la hora en la que nos encontraríamos en su taller. Todo estaba dispuesto para el próximo domingo a las siete de la tarde. 

  • Por fin dejaría de ser un domingo cualquiera.

Me prometí mentalmente.

Me puse “Reminder” de Moderat y me metí a la ducha. Aunque sabía que no tenía ninguna posibilidad y que todo se iba a quedar en trabajo, cerré los ojos mientras enjabonaba sin prisa mi cuerpo, fantaseando con sus manos, curtidas por la creatividad esculpida. Seung me pidió que llevase ropa viaja, por si se ensuciaba, así que me puse mi camiseta corta de la suerte manchada de tinta (que ya solo usaba para dormir cuando tenía invitados), unos vaqueros desgastados, bambas blancas y salí pitando hacia lo que aquella tarde pudiera depararme.

Eran las siete en punto cuando llamé a su puerta, pero nadie me abrió. Golpee con el puño y vi que estaba abierta, así que entré. Vi a Seung a lo lejos, de rodillas, sobre telas blancas en el suelo.

  • Ey, hola, no te he escuchado entrar. Estoy colocando esto para que estés cómoda. ¿Quieres tomar algo mientras termino de prepararlo?

Pregunto.

  • No, estoy bien así, prefiero echarte una mano.

Aunque no, no estaba bien. Los nervios se habían apoderado de mí. Y más al verle con una especie de mandil de plástico que dejaba su torso al desnudo, cubierto por un tatuaje de una obra de Niki de Saint.

Terminamos de acondicionar el espacio de trabajo mientras hablábamos sobre banalidades de la cotidianidad del día a día. Después pasó a explicarme cómo iba a replicar mi vulva en una escultura. Se le notaba nervioso y eso me tranquilizó (por el equilibrio de la balanza, pensé). Hablaba acelerado y se le escapaba una risilla cómplice de cuando en cuando.

Me deshice de los vaqueros y el culote recién estrenado y me tumbé boca arriba, con las piernas abiertas, descansando las rodillas en dos cojines negros envueltos en papel film; mostrando toda mi vulva. Desde que entré por la puerta (cuarenta minutos antes) no habíamos parado de hablar, pero desde ése instante se hizo el silencio. Un silencio cómodo y apetecible. Seung se acercó y con las yemas de sus dedos fue aplicando por mis muslos un aceite con olor a jazmín para proteger la piel. Su tacto era suave y delicado. Fue extendiendo el líquido cuidadosamente por mi pubis y, de ahí, paso a mi vulva. Al primer roce con los labios externos suspiré e, involuntariamente la piel se me erizó. Colocó el producto por el clítoris y el ano generosamente. Para cuando llegó a la vagina estaba tan húmeda que no diferenciaba los fluidos. Después acercó su cabeza y comenzó a soplarme muy despacito, de lado a lado y de arriba hacia abajo. Agarré las sábanas con firmeza. Acabábamos de empezar y estaba muy excitada, no sabía si iba a poder aguantar el tipo. Su aliento y su boca tan cerca de mí hacían que pidiese a gritos silenciosos un poco más. Dejó de soplarme y recogió con las manos el material del bol que había preparado previamente para hacer el molde de mi coño. Fue vertiéndolo sobre mí, de sus manos en jarra directamente a mi piel.

Levanté mi cabeza levemente para no perder detalle. Estaba concentrado, colocando cuidadosamente la pasta. Me puso muchísimo pensar que su mente sólo estaba ocupada por mi vulva en ese momento.

Una vez cubiertos mis genitales con la masa volvió a soplarme, esta vez más cerca. Su nariz y sus mejillas chocaban con mis muslos y mi barriga. En ese momento, rompí el silencio que vestía la habitación y le pedí permiso para quitarme la única prenda que me quedaba puesta. El sudor empezaba a caer entre mis pechos. Me miró y tras asentir con la cabeza se levantó para ayudarme. Yo que no podía moverme para no estropear el resultado de la pieza. Cogió mis manos, las levantó y fue quitándome la camiseta con suavidad. Estaba justo encima de mí, de pie, observando todo mi cuerpo cuando me di cuenta de que su pene estaba erecto tras el pantalón deportivo corto que llevaba puesto. Se percató de ello y sin querer mordió su labio inferior; pero volvió al trabajo y continuó soplando la masa para que tomase la temperatura adecuada hasta despegarla de mi piel.

De rodillas, agarró mis pies mientras balanceaba su cabeza hacia mí. No podía tocar mi vulva, pero cerré los ojos para imaginar que lo hacía y cada vez me excitaba más y más. Cuando dejó de hacerlo comenzó a despegar el producto ya solidificado muy despacio. Lo observó momentáneamente, sonrío y lo colocó sobre la mesa. Volvió a arrodillarse para limpiar cuidadosamente con las manos los residuos restantes que quedaban alrededor de mi coño. Sabía que no era necesario y que lo hacía porque estaba tan cachondo como yo, así que tome su mano e introduje su dedo índice en mi boca para después colocarlo sobre mi vulva. Él se quitó el mandil y los pantalones (que en realidad era un bañador sin más prenda debajo) y empezó a limpiar de mi cuerpo los restos con su lengua. Sus labios eran carnosos y pellizcaba entre ellos mi clítoris para después deslizarse, cada vez más rápido, con un lametón mientras sus manos arañaban mis nalgas. Notaba la humedad de la lubricación caer del placer pero rápidamente él lo recogía con su boca e introducía su dedo corazón en mi vagina, haciendo pequeños círculos muy lentamente.

Iba a explotar pero quería más, quería probar el sabor de su piel, verle retorcerse de gusto y sentir su respiración cerca. Me levanté y ordené que él también lo hiciera hasta colocarse al borde de la mesa que teníamos detrás, llena de botes de pintura acrílica. Cogí el bote de color azul eléctrico y le dije que me pintase en las zonas donde le gustaría que le lamiese. Primero derramó una pizca de pintura por mi barbilla, así que besé su cuello hasta llegar a su boca para saborear nuestras lenguas. Después dejó una huella azul en mi esternón y yo corrí hacia su torso, apartando su cabeza e introduciendo cada uno de sus pezones en mi boca. Por último, dibujó un zigzag desde mi ombligo hasta el pubis. Miré su pene, que apuntaba justo hacia mí, rebosante. Y envolví el glande con mis labios, previamente humedecidos. Lo lamí de un extremo a otro y lo introduje sujetando sus testículos en alto. Cuanto más le oía gemir, más rápido lo hacía.

Él me levantó y me sentó encima de la mesa; pero le desplacé un poco y, desde allí le masturbé con mis pies mientras yo acariciaba mi vulva, cada vez más húmeda. Estaba a punto del éxtasis cuando él también empezó a moverse rítmicamente hasta correrse. Sentí el calor de su líquido por mis pies, entremezclado con la pintura, ahora de un tono azul celestial. Se acercó a mí y arrodillado, mordió mis nalgas para empujarlas hacia su boca y así juntarla nuevamente con mi vulva. No podía aguantar más, no quería. Sentía su lengua en mí y sus manos apretándome contra él. Coloqué una pierna sobre su hombro derecho y moví la pelvis para rozarme con su lengua, en continuo movimiento hasta que hizo que tuviera un orgasmo largo e intenso que ojalá nunca hubiese acabado.

Nos regalamos una mueca de felicidad y después le pregunté por el resultado de la réplica. Él se acercó para mostrármelo. Estaba llena de motitas de pintura azul, como pidiendo seguir nuestro mismo juego…

RELATO ERÓTICO: Viaje a Nueva York

Imagen de Freepik
Imagen de Freepik

Acababan de anunciar dos horas de retraso del vuelo a Nueva York. La gente empezó a concentrarse en el pasillo de la puerta de embarque C27. Ya no quedaban asientos libres. Siempre he pensado que colocan los justos para obligarte a ir al Starbucks para consumir un sucedáneo de café XXL. Me negué a manchar mi paladar con semejante mierda y pillé asiento en el suelo, con la espalda pegada a una columna fría cubierta de aluminio. Me coloqué los casos y di al play al disco de León Benavente con el fin de amenizarme la espera; pero los minutos empezaban a parecer horas.

Casi todos miraban sus móviles, aunque había alguna cara que se cruzaba con la mía. Me gusta inventar la rutina de las personas desconocidas mientras las observo o dibujar la razón de sus viajes con llegada al mismo destino que yo. Entre los ojos bizcos de una señora con el pelo azul y los ojos verdes de un muchacho en plena adolescencia surgió la mirada tímida de un tipo con gorra gris. Aparté rápidamente la vista. Los chicos tan guapos me imponen cierto respeto en un primer momento. Pero no pude resistirme y volví a buscarle. Continuaba mirando en mi dirección y ambos terminamos por regalarnos una sonrisa. Noté como el calor tiñó mis mejillas y giré corriendo la cabeza para que no se percatara de mis vergüenzas.

Sonaba “Gloria” cuando el mismo tipo llego hasta mí. Su mirada era aún más bonita a corta distancia.

  • ¿Tú también vas a Nueva York?, preguntó.
  • Si, respondí en voz baja.
  • ¡Qué jodienda lo del retraso!, añadió.
  • Bueno, de otra forma no hubiéramos cruzado palabra, soltó mi boca sin haber procesado mentalmente las palabras que iba a decir mientras el calor volvía a recorrer mis mejillas.
  • Pues tienes razón, ¡gracias por el retraso Air Europa!, gritó. ¿Te apetece que caminemos un rato?…

Y ahí estábamos los dos después de una hora de espera en el aeropuerto de Barcelona hablando sobre el nuevo panorama político de un país cada vez más deprimente, como si nos conociésemos de toda la vida.

  • ¿Sabes que llevo un rato queriendo besarte?, le dije en medio del debate, como si de nuevo mi instinto le hubiera ganado la batalla a la razón.

Él se calló, me miró muy serio y, cogiéndome de la mano, me arrastró hacia los baños de mujeres del final del pasillo para comerme la boca. Nunca entendí el morbo de los aseos públicos, más bien todo lo contrario; pero aquel rincón fue lo que menos importó en ése momento.

Un nuevo impulso me inundó tras juntar nuestros labios sedientos y me deshice de todo lo que llevaba puesto a excepción del tanga. Lo estrenaba ése mismo día y quería sacar partido a la tela de encaje amarillo pastel. El chico del aeropuerto se lanzó a mi cuello y su boca fue recorriendo mi piel poco a poco. De la cara pasó a los hombros para detenerse en la nuca, donde exhaló suaves soplidos mientras mi pulso se aceleraba. Después bajó hasta los pechos, sin tocarlos (aunque yo desee que lo hiciera) y hundió su cabeza en el ombligo. Desde allí agarré sus manos y las coloqué en mis senos. Entonces apartó ligeramente el único pedazo de tela que me quedaba y juntó sus labios con los de mi vulva, como si fuera un beso apasionado. Podía sentir el calor de su respiración y le pedí por favor que no parase. Poco a poco recorrió cada terminación nerviosa de mi coño. Pasó de los labios a la entrada de la vagina muy suavemente con su lengua, chupando y succionando como si fuera un helado de vainilla. Terminó en mi clítoris, con movimientos de arriba abajo mientras su barba estimulaba mis genitales placenteramente.

  • ¡Más, sigue un poco más así! Le dije en bajito.

Me quitó el tanga por completo y me invitó a girarme. Coloqué el culo en pompa mientras él se arrodillaba para terminar de lamerme de espaldas. Su boca se hundió en mi placer más primitivo y sentí sus manos pellizcando mis nalgas al compás. No podía más. Necesitaba rendirme al éxtasis. Los jugos se entremezclaban con el sudor y el olor de dos cuerpos en el paraíso.

  • ¡Qué placer, joder! Grité en voz alta justo después de correrme.

“Aviso a los pasajeros del vuelo 505 con destino N.Y. Las puertas de embarque van a cerrar en los próximos minutos. Última llamada”. Milagrosamente escuchamos el mensaje desde el baño. Me vestí corriendo como pude y los dos salimos pitando de allí, sudorosos y en la gloria. Con las prisas adelanté al hombre que acababa de regalarme un orgasmo y del que ni siquiera sabía su nombre. Cuando alcancé mi asiento le busqué sin éxito revisando la mirada asiento por asiento. Me había tocado pasillo, junto a los baños y a mi lado estaba una mujer italiana que se peleaba con la pantalla para ver una película de superhéroes. Ésas en las que los protagonistas que salvan el mundo suelen ser hombres. Le eché una mano y me levanté para ir al baño a refrescarme y bajar el calentón que aún me acompañaba.  Estaba ocupado y tardaban demasiado en salir, así que golpee la puerta. Al poco se abrió y ¡sorpresa!, ahí estaba el hombre desconocido otra vez. Cuando nos vimos volvimos a regalarnos una sonrisa y él me preguntó por mi asiento. La mujer italiana se percató de todo y nos ofreció cambiar su sitio para que estuviéramos juntos.

Llevábamos tres horas de vuelo y no habíamos parado de hablar ni un segundo. El tipo,  siete años menor que yo, era antropólogo, y todo su saber era interesante de escuchar. El resto de pasajeros intentaban dormir y las luces acababan de apagarse, así que tuvimos que interrumpir nuestra última conversación sobre el impacto climático en las tribus del Amazonas. Intentamos dormir, pero tenernos tan cerca creaba cierta tensión. Además yo seguía cachonda perdida, porque no hay cosa que más me ponga que alguien haciendo alarde de sus conocimientos con el ego bien aparcado.

Quitamos el reposa brazos que nos separaba y juntamos las dos mantas que el azafato nos había dado para taparnos desde el cuello hasta los tobillos. Deslicé mi mano por su pantalón y desbroche cada botón para poder atravesar sus calzoncillos y así acceder a su pene. También estaba caliente. Coloqué mi almohada sobre el asiento delantero para que nadie pudiera vernos. Él se bajó los pantalones y dejó su miembro al descubierto bajo la manta. Le acaricié poco a poco, desde los testículos hasta la punta y comencé a masturbarle. Primero me detuve en el glande y después rodee con mi mano su pene para estimularlo de arriba abajo acelerando poco a poco la intensidad. Él jadeó levemente y tuve que taparle la boca. Nadie podía enterarse, pero eso era lo más excitante de todo. Lamí mis dedos y los rocé húmedos por su miembro, que después agarré bien fuerte dibujando círculos sobre la palma de mi mano. No podía estar más húmeda, pero no me importaba quedarme sin orgasmo. Estaba disfrutando tremendamente dándole placer.

  • Si sigues voy a correrme, me dijo acercándose a mi oído.

No podía parar. No quería hacerlo. Volví a salivar sobre mis dedos y mientras mordía su labio inferior masturbé su pene hasta cubrirlo de gloria. Bajo el silencio fantasee con su voz jadeando de placer. Después nos miramos, observamos a nuestro alrededor. El señor de al lado tenía la boca abierta mientras dormía plácidamente y a la chica de atrás le colgaba la baba. Sin querer, rompimos a  reír y el azafato del vuelo nos chistó. Después nos besamos por última vez y dormimos.

Lara Herrero

COMISURAS, EL LIBRO

OS PRESENTAMOS “COMISURAS”

Con la ilusión de quienes comienzan un nuevo proyecto cargado de amor, os anunciamos “Comisuras”.

 

Comisuras, el libro

Comisuras, el libro

 

¿QUÉ ES “COMISURAS”?

Comisuras” es un libro de escritos ilustrados desde una perspectiva erótica y feminista. La escritura y la ilustración se unen a través de sus autoras: Lara Herrero y Noelia Maeso. Unas veces conforman un poema, otras una sola frase y, en ocasiones simplemente tienen un sentido transversal.

Comisuras” es un libro muy nuestro hecho para ti. Es un pequeño paréntesis para que la rutina se torne un poco menos rutina. Es una invitación al diálogo en la intimidad o colectivamente. Porque lo mejor que tiene “Comisuras” es que por cada título se plantean dos perspectivas diferentes de un mismo asunto en torno a la sexualidad, la erótica y el feminismo. Dos perspectivas por cada una de sus autoras. Una visión diferente por cada uno de sus lectores.

¿DÓNDE Y CUÁNDO ESTARÁ DISPONIBLE “COMISURAS”?

Comisuras” sólo podrá nacer de manera colectiva. Por ello, primero lanzaremos un proyecto crowdfunding en la plataforma Verkami. Nuestra finalidad es que juntos consigamos la ayuda necesaria para que este libro a todo color vea la luz. Para ello será necesaria vuestra ayuda como mecenas a través de la aportación económica que consideréis oportuna. A cambio, nosotras os haremos llegar recompensas en función de vuestras aportaciones.

Hacemos esto de manera totalmente autoeditada y autodidacta, lo que significa que no contamos con el respaldo de ninguna editorial. Tampoco tenemos mucho dinero en la cartera. Lo que si tenemos es ilusión y ganas de que “Comisuras” se convierta en algo real y tangible. Por eso creemos que Verkami es el viaje perfecto para que nuestro libro llegue a su destino: cada uno de vuestros hogares.

Si todo va bien, lanzaremos el Crowfunding en septiembre, pero tranquilos, os vamos a informar de cada paso que demos, porque como ya os hemos dicho, queremos que forméis parte de esto y conozcáis todo el proceso.

Relato erótico sobre una mujer mastectomizada

¿Existen recursos, como relatos eróticos, que muestren a mujeres mastectomizadas?

Mujeres mastectomizadas

Mujeres mastectomizadas

Llevo unos días preguntándome cómo de aceptadas se sentirán las mujeres mastectomizadas en nuestra sociedad. Y si se existen medios donde puedan sentirse reflejadas, como personajes públicos, series, películas, obras literarias… Porque el hecho de sentirnos identificados con alguien puede ayudarnos a aceptarnos a nosotros mismos. También me he preguntado si sexualmente tendrán modelos de referencia y espacios donde sentirse incluidas.

Algunos de vosotros me habéis acercado a materiales que me gustaría compartir en este momento:

 

Aunque las referencias sean escasa y, en muchos casos, sea difícil encontrar algo aceptable; la cosa se va complicando más si nos ceñimos a la sexualidad. Es por esto que he creído conveniente crear un relato erótico cuya protagonista sea una mujer mastectomizada. Acepto críticas, matices y propuestas de mejora con el fin de que difundamos una realidad lo más verídica posible.

 

 

EL REGALO DE PAOLA

El Regalo de Paola

El Regalo de Paola

Ahí estaba yo, otra vez frente al espejo, incapaz de aguantar más de diez segundos observando mi propia imagen. O lo que quedaba de ella.

– Lucía, ¡no puedes salir con esa blusa!. Me dije en voz alta.

Eran poco más de las nueve. En veinte minutos había quedado con mi mejor amiga, Paola, para celebrar mi cumpleaños; pero no encontraba nada que ponerme. Por lo menos había una temperatura de treinta grados y todas mis camisetas de verano eran ajustadas o con un escote pronunciado.

Antes de la operación no le daba demasiada importancia a mi imagen, pero ahora era diferente. Llevara lo que llevara me sentía incómoda. Paola me decía que cuando me ponía la prótesis nadie podría darse cuenta de que ya sólo tenía un pecho. El caso es que yo no podía verme bien ni sentirme segura. No sé si era por lo que la gente pudiera pensar o porque jamás volvería a ser como antes.

No tenía fuerzas para seguir luchando conmigo misma, así que llamé a mi amiga y le propuse vernos otro día. Al principio se molestó un poco e insistió en que saliera a despejarme un rato, pero finalmente lo dejó estar.

Me enfundé un camisón, preparé una taza de té helado de hierbabuena y jengibre y abrí “La chica miedosa que fingía ser valiente muy mal” por el último capítulo que me quedaba por leer. No me dio tiempo a terminar el primer párrafo cuando sonó el timbre. Era Paola. No se había dado por vencida.

– ¿De verdad pensabas que te librarías de mí el día de tu cumpleaños? Venga, trae dos copas y un sacacorchos. He comprado un vino ecológico en la tienda de abajo. Tenemos que brindar.

Manché mis labios con el brebaje tinto y le di las gracias.

-¿Gracias por qué? ¡Si aún no has abierto mi regalo!. Y sacó un paquete exquisitamente envuelto.

Lo abrí lentamente para conservar intacto el papel, una costumbre que mantenía desde niña. Por el paquete se entreveía una tela roja, con rosas bordadas en negro y transparencias.

– Puedes descambiarlo si no te va bien o no te gusta el color. Dijo.

– ¡No, no podía ser!, ¡Paola no podía regalarme un sujetador (con culote y liguero a juego), ella no… ¿Qué broma de mal gusto era esa?…

Me dije por dentro.

Le dije que estaba cansada y necesitaba dormir, le di las gracias y nos despedimos.

Sonó el despertador sobre las diez de la mañana siguiente. Me levanté, entré en el salón y puse “I put a Spell On You” de Nina Simone. Las copas de vino permanecían en la mesa, justo al lado de aquel intento de regalo que jamás podría ponerme. Busqué el ticket y salí para descambiarlo, seguramente por un pijama.

El escaparate de la tienda llamó mi atención. En él había un cartel en forma de bocadillo que decía: “Lencería para todo tipo de mujeres, tallas y cuerpos. Lencería mastectomía”. Desde que me diagnosticaron no había pisado por una tienda de ropa interior. Preferí optar por recortar todos mis sujetadores antiguos para coser un bolsillo en la copa derecha, donde poder introducir la prótesis.

Por un instante quise darme la vuelta, pero mientras observaba el escaparate, una mujer se asomó y me invitó a entrar. Sonaba el último disco de Leonard Cohen y olía a incienso de almizcle.

– Vengo a descambiar un regalo. Le dije, y saqué el conjunto rojo bordado.

La dependienta me miró y sonrió. En su camisa había un cartelito que ponía “Sofía”. Llevaba una coleta alta y larga. Tenía la tez pálida, que conjugaba perfectamente con el tono de sus ojos almendrados.

– No puedo creerme que no lo quieras. Tiene que quedarte genial. Pruébatelo y te echo una mano con la talla.

Cuando quise contestar ya estaba abriendo las cortinas del probador. Su voz era tan dulce que no pude decir nada. Y, una vez más, allí estaba yo frente al espejo, en ropa interior, casi sin poder mirarme.

– ¿Estás lista?. Me preguntó Sofía, segundos más tarde.

– Sí, bueno… no estoy segura de… Y, sin esperar más respuesta, entró al probador.

Era tan estrecho que nuestros cuerpos impactaron sin previo aviso. Noté que el aroma a almizcle se confundía con el olor de su propia piel.

– Woow, ¡estás increíble, realmente sexy!. Comentó.

Después hubo un silencio y simplemente me observó. Sentí que era sincera a través de sus ojos. Entonces me giré para poder verme desde otro ángulo, pero el espacio era tan pequeño que nuestras cabezas chocaron. La dependienta se echó a reír y acabó contagiándome con sus carcajadas. En ese instante me pareció que tenía una sonrisa preciosa. Sus labios no eran nada del otro mundo, finos y rodeados de pecas alineadas con cierta gracia. Pero en conjunto su boca era perfecta.

Sofía rozó mi espalda con sus manos y, de repente, sentí calor en las mejillas mientras mi pulso se aceleraba.

– Tienes que colocar el cierre en la primera posición para que se ajuste a tu cuerpo. Y desabrochó cuidadosamente el sostén para cambiar el cierre.

Quise que me lo volviera a ajustar para poder sentir el roce de sus dedos sobre mi piel una vez más. Mi deseo estaba empezando a despertar tras hibernar desde la operación. Y aquel simple roce me pareció el éxtasis.

– Gírate, verás qué bien te sienta. Dijo mientras sonreía.

Entonces nuestras cabezas volvieron a chochar y nuestros labios se rozaron. El corazón seguía bombeando como pidiendo salir. No estoy segura si fue por la vergüenza que me producía esa situación o porque aquella escena me resultaba realmente erótica. Por un momento olvidé que sólo tenía un pecho y volví a sentirme atractiva. Sin pensarlo, le besé. Sofía se separó, me miró a los ojos y volvió a juntarse con mis labios para después bajar hasta el cuello…

– ¡Cómo podía estar tan húmeda por un beso! Pensé.

Deseé sentir su piel junto a la mía, sin milímetros de vacío de por medio. Y, mientras dibujaba su cuerpo desnudo con mi mente, sentí de nuevo sus manos, quitándome el conjunto con rosas bordadas muy despacio. Su pequeña boca comenzó a viajar por los rincones que el sujetador escondía hasta aterrizar en el esternón.

– Eres preciosa. Dijo mientras su mirada apuntaba a mi ombligo y sus manos bajaban por mi cintura.

Yo también quería palpar su piel desnuda, así que le dije que se sentara en el taburete de madera del probador y le quité el vestido azul turquesa. No llevaba sostén, así que lo primero que probé fueron sus pezones con bonitas areolas asimétricas. Después bajé hasta su vientre y lo froté con mi cara, como una gata en celo; para terminar deshaciéndome de sus bragas, también rojas, con flores bordadas.

Su respiración se confundía con la música de fondo y parecía una nota más de la melodía. Hice que se levantara para darle la vuelta y estrujar sus nalgas. Y mientras lo hacía comencé a masturbar su vulva. Podía observar cómo se retorcía de placer desde el espejo. Me bastaba con ver y oír cómo se manifestaba el placer que yo le estaba proporcionando.

Entonces ella cogió mi mano e introdujo en su jugosa boca mis dedos índice y corazón. Después volvió a colocarla sobre su clítoris, al mismo tiempo que mordía su labio inferior. El goce emanaba de entre sus piernas, pero se extendía por todo su cuerpo hasta mi mano, que intentaba abarcar toda su vulva con movimientos circulares.  Hundí mi cabeza para morder suavemente el interior de su muslo izquierdo, sin dejar de masturbarle; hasta que noté que su placer estaba en el momento más álgido. Fue en ése instante cuando emitió un gemido leve, como quien no puede hacer ruido en un lugar de silencio obligado.

Después ella tomó el mando e hizo que esta vez me sentara yo. Se agachó, colocó mis piernas sobre sus hombros y fundió su lengua en mi vagina hasta que me corrí. Aquello fue como un sueño. Un paréntesis entre la realidad y lo fantástico.

Llamé a mi amiga Paola, le propuse salir a tomar algo prometiéndole que hoy estrenaría, por segunda vez en aquel día, el conjunto que me había regalado. Desde entonces pude volver a mirarme en un espejo y, cada vez que lo hacía, repasaba lo que sucedió frente a uno, en un pequeño probador con una mujer de labios finos y olor a almizcle.

 

 

 

 

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