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RELATO ERÓTICO: Viaje a Nueva York

RELATO ERÓTICO: Viaje a Nueva York

Imagen de Freepik
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Acababan de anunciar dos horas de retraso del vuelo a Nueva York. La gente empezó a concentrarse en el pasillo de la puerta de embarque C27. Ya no quedaban asientos libres. Siempre he pensado que colocan los justos para obligarte a ir al Starbucks para consumir un sucedáneo de café XXL. Me negué a manchar mi paladar con semejante mierda y pillé asiento en el suelo, con la espalda pegada a una columna fría cubierta de aluminio. Me coloqué los casos y di al play al disco de León Benavente con el fin de amenizarme la espera; pero los minutos empezaban a parecer horas.

Casi todos miraban sus móviles, aunque había alguna cara que se cruzaba con la mía. Me gusta inventar la rutina de las personas desconocidas mientras las observo o dibujar la razón de sus viajes con llegada al mismo destino que yo. Entre los ojos bizcos de una señora con el pelo azul y los ojos verdes de un muchacho en plena adolescencia surgió la mirada tímida de un tipo con gorra gris. Aparté rápidamente la vista. Los chicos tan guapos me imponen cierto respeto en un primer momento. Pero no pude resistirme y volví a buscarle. Continuaba mirando en mi dirección y ambos terminamos por regalarnos una sonrisa. Noté como el calor tiñó mis mejillas y giré corriendo la cabeza para que no se percatara de mis vergüenzas.

Sonaba “Gloria” cuando el mismo tipo llego hasta mí. Su mirada era aún más bonita a corta distancia.

  • ¿Tú también vas a Nueva York?, preguntó.
  • Si, respondí en voz baja.
  • ¡Qué jodienda lo del retraso!, añadió.
  • Bueno, de otra forma no hubiéramos cruzado palabra, soltó mi boca sin haber procesado mentalmente las palabras que iba a decir mientras el calor volvía a recorrer mis mejillas.
  • Pues tienes razón, ¡gracias por el retraso Air Europa!, gritó. ¿Te apetece que caminemos un rato?…

Y ahí estábamos los dos después de una hora de espera en el aeropuerto de Barcelona hablando sobre el nuevo panorama político de un país cada vez más deprimente, como si nos conociésemos de toda la vida.

  • ¿Sabes que llevo un rato queriendo besarte?, le dije en medio del debate, como si de nuevo mi instinto le hubiera ganado la batalla a la razón.

Él se calló, me miró muy serio y, cogiéndome de la mano, me arrastró hacia los baños de mujeres del final del pasillo para comerme la boca. Nunca entendí el morbo de los aseos públicos, más bien todo lo contrario; pero aquel rincón fue lo que menos importó en ése momento.

Un nuevo impulso me inundó tras juntar nuestros labios sedientos y me deshice de todo lo que llevaba puesto a excepción del tanga. Lo estrenaba ése mismo día y quería sacar partido a la tela de encaje amarillo pastel. El chico del aeropuerto se lanzó a mi cuello y su boca fue recorriendo mi piel poco a poco. De la cara pasó a los hombros para detenerse en la nuca, donde exhaló suaves soplidos mientras mi pulso se aceleraba. Después bajó hasta los pechos, sin tocarlos (aunque yo desee que lo hiciera) y hundió su cabeza en el ombligo. Desde allí agarré sus manos y las coloqué en mis senos. Entonces apartó ligeramente el único pedazo de tela que me quedaba y juntó sus labios con los de mi vulva, como si fuera un beso apasionado. Podía sentir el calor de su respiración y le pedí por favor que no parase. Poco a poco recorrió cada terminación nerviosa de mi coño. Pasó de los labios a la entrada de la vagina muy suavemente con su lengua, chupando y succionando como si fuera un helado de vainilla. Terminó en mi clítoris, con movimientos de arriba abajo mientras su barba estimulaba mis genitales placenteramente.

  • ¡Más, sigue un poco más así! Le dije en bajito.

Me quitó el tanga por completo y me invitó a girarme. Coloqué el culo en pompa mientras él se arrodillaba para terminar de lamerme de espaldas. Su boca se hundió en mi placer más primitivo y sentí sus manos pellizcando mis nalgas al compás. No podía más. Necesitaba rendirme al éxtasis. Los jugos se entremezclaban con el sudor y el olor de dos cuerpos en el paraíso.

  • ¡Qué placer, joder! Grité en voz alta justo después de correrme.

“Aviso a los pasajeros del vuelo 505 con destino N.Y. Las puertas de embarque van a cerrar en los próximos minutos. Última llamada”. Milagrosamente escuchamos el mensaje desde el baño. Me vestí corriendo como pude y los dos salimos pitando de allí, sudorosos y en la gloria. Con las prisas adelanté al hombre que acababa de regalarme un orgasmo y del que ni siquiera sabía su nombre. Cuando alcancé mi asiento le busqué sin éxito revisando la mirada asiento por asiento. Me había tocado pasillo, junto a los baños y a mi lado estaba una mujer italiana que se peleaba con la pantalla para ver una película de superhéroes. Ésas en las que los protagonistas que salvan el mundo suelen ser hombres. Le eché una mano y me levanté para ir al baño a refrescarme y bajar el calentón que aún me acompañaba.  Estaba ocupado y tardaban demasiado en salir, así que golpee la puerta. Al poco se abrió y ¡sorpresa!, ahí estaba el hombre desconocido otra vez. Cuando nos vimos volvimos a regalarnos una sonrisa y él me preguntó por mi asiento. La mujer italiana se percató de todo y nos ofreció cambiar su sitio para que estuviéramos juntos.

Llevábamos tres horas de vuelo y no habíamos parado de hablar ni un segundo. El tipo,  siete años menor que yo, era antropólogo, y todo su saber era interesante de escuchar. El resto de pasajeros intentaban dormir y las luces acababan de apagarse, así que tuvimos que interrumpir nuestra última conversación sobre el impacto climático en las tribus del Amazonas. Intentamos dormir, pero tenernos tan cerca creaba cierta tensión. Además yo seguía cachonda perdida, porque no hay cosa que más me ponga que alguien haciendo alarde de sus conocimientos con el ego bien aparcado.

Quitamos el reposa brazos que nos separaba y juntamos las dos mantas que el azafato nos había dado para taparnos desde el cuello hasta los tobillos. Deslicé mi mano por su pantalón y desbroche cada botón para poder atravesar sus calzoncillos y así acceder a su pene. También estaba caliente. Coloqué mi almohada sobre el asiento delantero para que nadie pudiera vernos. Él se bajó los pantalones y dejó su miembro al descubierto bajo la manta. Le acaricié poco a poco, desde los testículos hasta la punta y comencé a masturbarle. Primero me detuve en el glande y después rodee con mi mano su pene para estimularlo de arriba abajo acelerando poco a poco la intensidad. Él jadeó levemente y tuve que taparle la boca. Nadie podía enterarse, pero eso era lo más excitante de todo. Lamí mis dedos y los rocé húmedos por su miembro, que después agarré bien fuerte dibujando círculos sobre la palma de mi mano. No podía estar más húmeda, pero no me importaba quedarme sin orgasmo. Estaba disfrutando tremendamente dándole placer.

  • Si sigues voy a correrme, me dijo acercándose a mi oído.

No podía parar. No quería hacerlo. Volví a salivar sobre mis dedos y mientras mordía su labio inferior masturbé su pene hasta cubrirlo de gloria. Bajo el silencio fantasee con su voz jadeando de placer. Después nos miramos, observamos a nuestro alrededor. El señor de al lado tenía la boca abierta mientras dormía plácidamente y a la chica de atrás le colgaba la baba. Sin querer, rompimos a  reír y el azafato del vuelo nos chistó. Después nos besamos por última vez y dormimos.

Lara Herrero

Lara Herrero Barba

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